Luna Nueva

Two Moons by Dan Benjamin
Una noche fria de invierno, pasadas las doce, de esas que el silencio lo cubre todo. Solo pequeñas luces resaltaban en el cielo, esferas titilantes que ardían a distancias incomprensibles. La luna en el oeste iluminaba difusamente el entorno, detrás de cristales de hielo que permitian el despliegue de un arcoiris circular, apenas visible.
Fernando y yo estabamos hablando sobre lo imposible de los viajes en el tiempo. Y no es que supieramos el marco científico. Solo algunas frases de oído leídas en algún medio digital. Pero nos divertíamos teorizando con cosas sobre las cuales apenas alcanzabamos a arañar su superficie.
Lo impensable, simplemente, comenzó a presentarse. Las estrellas comenzaban a moverse como si la tierra girara cientos de veces más rápido de lo normal.
Mientras observabamos hacia el oeste, una luz emergía detras de las montañas. El increible contraste de los colores del cielo nos dejó una posibilidad tan remota que solo podía ocurrir en sueños. O en algún mundo distante. Un amanecer a media noche.
Una luz de color amarillo pálido brillaba entre las nubes, poco densas. Tenía el mismo tono que la luna cerca del horizonte. Una euforia mezclada con miedo me recorría de punta a punta.
Emprendimos una carrera a toda velocidad, de regreso hacia mi casa, que estaba a algunos cientos de metros hacia el sur. Mientras corriamos, la segunda luna comenzó a cambiar de tamaño.
Al detenernos por el cansancio y para observar el fenómeno, escuchamos gritos y lamentos a nuestro alrededor. “¡Es el fin del mundo!”, “¡Nos vamos a morir!”, “¡Arrepiéntanse de sus pecados!”. Gente corriendo por las calles buscando a sus hijos, hermanos, nietos…
El terror me inundó. Cerré mis ojos. Y entonces desperté.
El sol se colaba por las rendijas de mi persiana. Ese maravilloso tono dorado inundó la habitación.
Todavía sentía un cansancio y una agitación propia de oscuras pesadillas. Pensé que había dormido mucho.
Al observar el reloj me quedé atónito. Busqué otros para corroborar la increible y terrible realidad. Y entonces pude confirmarlo.
Eran las tres de la mañana.